jueves, noviembre 17, 2005
París 2005
Si el mundo volvió los ojos al mayo del 68 francés ahora los vuelve de nuevo con estupor hacia lo que acontece estas semanas en la capital francesa.
Se debate en las televisiones españolas si esto llegará o no a nuestro país algún día. Yo deseo, fervientemente, que no. Pero eso es lo que me dicta el corazón.
La lógica me dice otra cosa.
Seguro que lo de Francia tiene muchas causas: estructurales y coyunturales, como dicen los expertos, asesores de inmigración y sociólogos. Pero yo creo que hay una, profunda e inamovible: el hambre y la miseria.
Mientras estemos inmersos en un sistema neoliberalista feroz en el que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, que se cimenta sobre una clase media que se ahoga y acabará por ser pobre también, todo estos fenómenos ocurrirán.
Los ricos utilizan su dinero para construir muros que los aíslen de la miseria, de lo que no quieren ver, y eso, a día de hoy, en este maldito mundo globalizado a más no poder, es imposible.
Los muros se resquebrajan porque los pasajeros de tercera quieren disfrutar también de la piscina, cóccteles y fiestas que se sirven en la cubierta.
Así pues, el Titanic se hunde y lo que no se dan cuenta es que cuando se hunda nadie podrá huir, porque no habrá dónde ir.
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